Hay un campo académico que estudia cómo se fabrica la ignorancia: con dinero, con método y con paciencia. Su recorrido —del tabaco al clima, del azúcar a los opioides— revela un manual reiterado que sigue funcionando hoy mismo, en industrias que dentro de cuarenta años aparecerán en los archivos desclasificados.
Hay una palabra rara, aún poco usada en español, que probablemente debería formar parte del vocabulario básico de cualquier ciudadano del siglo XXI: agnotología. La acuñó en los años noventa el historiador de la ciencia Robert Proctor combinando el griego agnōsis, no-conocimiento, con el sufijo -logía. Significa, literalmente, estudio de la ignorancia. Pero no de cualquier ignorancia: no la que tenemos sobre los confines del universo o los misterios de la mente, sino la que se produce deliberadamente, la que alguien fabrica con dinero, estrategia y paciencia para que millones de personas no sepan lo que les conviene saber.
Si la idea suena conspirativa, conviene aclarar de entrada que no lo es. Es un campo académico consolidado, basado en archivos primarios, miles de páginas de documentos desclasificados en juicios y décadas de investigación periodística. Lo verdaderamente conspirativo sería suponer que las grandes industrias del último siglo no invirtieron de forma reiterada en moldear lo que pensamos sobre sus productos. Sabemos que lo hicieron. Sabemos cómo. Y sabemos que sigue ocurriendo ahora mismo.
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El caso fundacional: cuando los médicos recomendaban Camel
En 1946, la marca de cigarrillos Camel lanzó una de las campañas publicitarias más recordadas del siglo XX: «Más médicos fuman Camel que cualquier otra marca». En los anuncios, hombres con bata blanca y estetoscopio sonreían sosteniendo un cigarrillo, sugiriendo con su sola presencia que fumar era, si no saludable, al menos compatible con el criterio médico más cualificado.
El truco era simple. Representantes de la tabacalera acudían a congresos médicos y regalaban cartones de Camel a los asistentes. Después, encuestaban a esos mismos médicos preguntándoles qué marca fumaban. Los resultados, previsiblemente sesgados, se publicaban como dato objetivo. Paralelamente, la empresa compraba espacios publicitarios en revistas médicas prestigiosas, creando una dependencia económica que desincentivaba las críticas editoriales. Otras marcas hicieron lo mismo: Lucky Strike, Chesterfield, Philip Morris. Médicos recomendando una marca «que no irrita la garganta». Anuncios con eslóganes del tipo «justo lo que el doctor recetó».
Mientras todo esto sucedía, los archivos internos de las propias tabacaleras —desclasificados décadas después en los litigios— mostraban que las empresas conocían perfectamente el vínculo entre fumar y cáncer de pulmón desde principios de los años cincuenta. Lo sabían. Y dedicaron los siguientes cuarenta años a hacer que el público no lo supiera.
Un memorando interno de la tabacalera Brown & Williamson, fechado en 1969, contiene la frase que se convertiría en el lema involuntario de toda una industria: «la duda es nuestro producto». No vendían tabaco: vendían incertidumbre suficiente para que la gente siguiera fumando mientras la ciencia se enredaba en debates aparentes. El humo en los pulmones era un efecto secundario; el humo cognitivo en la opinión pública era el verdadero negocio.
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La anatomía del manual
Lo verdaderamente perturbador, y lo que convirtió la agnotología en disciplina, no fue descubrir que una industria mintió. Fue descubrir que el método se repite. Que hay un manual, casi un protocolo, que se aplica sucesivamente a un producto tras otro, a una industria tras otra, y que a menudo lo ejecutan los mismos asesores y consultoras. Un puñado de figuras pasaron sucesivamente de defender al tabaco a negar la lluvia ácida, después el agujero de la capa de ozono, los efectos del amianto y finalmente el cambio climático, aplicando en cada caso la misma estrategia.
El manual tiene pasos identificables.
Primero, cuestionar la metodología de los estudios que perjudican al producto. Nunca se niega frontalmente la evidencia: se cuestionan los detalles, se exigen pruebas imposibles, se piden más estudios.
Segundo, financiar investigación alternativa. Se contratan científicos para producir estudios que arrojen resultados ambiguos o favorables. No importa que sean minoritarios; importa que existan, que aparezcan en publicaciones aparentemente serias y que permitan decir que los científicos están divididos.
Tercero, crear think tanks con nombres respetables. Centros de investigación con apariencia académica, financiados discretamente por la industria, que publican informes y proporcionan expertos a los medios.
Cuarto, cultivar científicos disidentes y darles visibilidad mediática desproporcionada. Si la inmensa mayoría de los expertos coincide en algo, basta con encontrar a la minoría discrepante y entrevistarla el mismo número de veces. El espectador medio concluirá que los expertos no se ponen de acuerdo.
Quinto, apelar al equilibrio periodístico. Los medios, formados en la idea de presentar siempre los dos lados, caen fácilmente en la trampa de tratar como equivalentes el peso del consenso científico y el ruido manufacturado por la industria.
Sexto, exigir más investigación antes de actuar. Es una táctica dilatoria letal: como ningún conocimiento científico es absolutamente completo, siempre se puede pedir más certeza. Mientras tanto, el producto sigue vendiéndose y los daños acumulándose.
Séptimo, capturar a los reguladores mediante puertas giratorias. Antiguos ejecutivos de la industria entran en las agencias regulatorias; antiguos funcionarios regulatorios pasan a la industria. La frontera entre regulador y regulado se desdibuja hasta volverse simbólica.
Octavo, atacar personalmente a los científicos críticos. Investigaciones sobre su vida, desprestigio académico, demandas judiciales agotadoras, acoso mediático.
Noveno, financiar generosamente la política. Donaciones a campañas, lobistas profesionales, redacción literal de propuestas legislativas que después son adoptadas por parlamentarios afines.
Y décimo, cuando todo lo anterior ya no funciona y la evidencia es abrumadora, replegarse a la responsabilidad individual: ya no es un problema del producto, es un problema de cómo lo usa el consumidor. El fumador eligió fumar. El obeso eligió comer mal. El conductor eligió usar coche. El usuario eligió pasar horas en redes sociales. El sistema queda exonerado; el individuo cargará con la culpa.
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Del tabaco al clima: un manual aplicado una y otra vez
Este manual se ha aplicado, en orden aproximadamente cronológico, al tabaco desde los años cincuenta, al amianto, al plomo en la gasolina, a los pesticidas como el DDT, a la lluvia ácida, al agujero de la capa de ozono, al azúcar, a los opioides, al glifosato y, durante las últimas cuatro décadas y aún hoy, al cambio climático.
El caso del azúcar es particularmente revelador. En 2016 se publicaron documentos que mostraban cómo la Sugar Research Foundation había financiado en los años sesenta a investigadores de Harvard para producir estudios que desviaran la atención de la enfermedad cardiovascular desde el azúcar hacia las grasas saturadas. El resultado moldeó las recomendaciones nutricionales oficiales de medio siglo: una generación entera siguió dietas bajas en grasa cargadas de azúcar añadido, mientras la obesidad y la diabetes tipo dos se disparaban. No fue un error científico. Fue una operación deliberada.
El caso del clima es probablemente el más documentado. ExxonMobil sabía desde finales de los años setenta, gracias a sus propios científicos internos, que la quema de combustibles fósiles estaba calentando el planeta y que las consecuencias serían severas. En lugar de actuar sobre ese conocimiento, financió durante décadas una sofisticada arquitectura de negacionismo climático: think tanks, científicos contrarios, campañas mediáticas, lobby político. Hoy, cuando el cambio climático produce ya sequías, incendios e inundaciones en todos los continentes, las generaciones que sufren sus efectos descubren que las empresas responsables lo sabían medio siglo antes y eligieron ocultarlo.
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Quiénes ejecutan el manual: una cuestión que no se suele nombrar
Aquí conviene detenerse en algo que la literatura agnotológica suele rodear sin nombrar directamente: ¿qué clase de personas diseñan, sostienen y perfeccionan estas operaciones durante décadas?
No estamos hablando de errores de cálculo, ni de empresarios algo amorales pero normales en lo demás. Estamos hablando de ejecutivos que, sabiendo durante cuarenta años que su producto mataba a un porcentaje significativo de sus clientes, dedicaron carreras enteras a ocultarlo, a desprestigiar a quienes lo denunciaban, a financiar campañas para que las víctimas se sintieran culpables de su propio cáncer. De directivos petroleros que conocían el calentamiento global desde los setenta y financiaron, sabiéndolo, el negacionismo que ha retrasado treinta años una respuesta. De ejecutivos farmacéuticos que comercializaron opioides ocultando deliberadamente su poder adictivo, sabiendo que producirían cientos de miles de muertes.
Estas conductas no son simplemente «interés económico» llevado al extremo. Son rasgos identificables de lo que la psicología clínica llama psicopatía funcional o psicopatía corporativa: ausencia de empatía con las víctimas, capacidad de instrumentalizar a otros sin culpa, manipulación reiterada, fachada de respetabilidad social, indiferencia moral compatible con altísimo rendimiento profesional.
El psicólogo Robert Hare, creador de la escala diagnóstica más usada en este campo, lleva décadas documentando que ciertos entornos corporativos no solo toleran sino que premian y promueven activamente rasgos psicopáticos: frialdad para tomar decisiones que dañan a miles, capacidad de mentir sin estrés visible, falta de remordimiento, encanto superficial, ambición sin techo. Lo que en la vida ordinaria sería una patología, en ciertos puestos directivos se convierte en ventaja competitiva. Estudios posteriores —los trabajos de Paul Babiak con el propio Hare, recogidos en el libro Snakes in Suits— estimaron que la proporción de rasgos psicopáticos en altos cargos corporativos es aproximadamente cuatro veces superior a la de la población general.
La cuestión no es, por tanto, individual sino estructural. No es que «haya algunos psicópatas» infiltrados en empresas básicamente sanas. Es que las estructuras de incentivos del capitalismo corporativo contemporáneo seleccionan, en cada peldaño de promoción, a quienes son capaces de tomar decisiones que personas con empatía intacta no podrían tomar. Quien tiene escrúpulos no aprueba el ocultamiento del informe interno sobre cáncer; queda fuera del ascenso siguiente. Quien sí lo aprueba sube. Repetido durante décadas, este filtro produce el perfil ejecutivo característico que después aparece firmando los memorandos que terminan en los archivos desclasificados.
Esto no significa que toda persona en la cúpula corporativa sea psicópata. Significa algo más inquietante: que las decisiones que requiere el manual de la fabricación de duda son psicológicamente incompatibles con la empatía ordinaria, y por tanto el sistema necesita filtrar para encontrar a quienes pueden tomarlas. La agnotología, vista desde este ángulo, no es solo una técnica: es lo que sucede cuando se entregan herramientas de manipulación a gran escala a personalidades estructuralmente incapaces de medir el daño que causan a seres humanos a los que no van a conocer nunca.
Nombrar esto importa porque cambia la conversación pública. Mientras tratemos al ejecutivo del tabaco, al directivo del azúcar o al lobbyista del petróleo como «empresarios que se equivocaron» o «actores económicos racionales», seguiremos esperando de ellos rectificaciones que no van a llegar. No llegan porque la rectificación requeriría una capacidad emocional que precisamente la selección estructural ha filtrado fuera del puesto.
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La élite del poder: la estructura que hace necesaria la agnotología
Hay una dimensión más que conviene nombrar, porque sin ella el cuadro queda incompleto.
En 1956, el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills, profesor de la Universidad de Columbia, publicó un libro titulado La élite del poder. Su tesis, escandalosa en su momento, sostenía que la democracia estadounidense de posguerra no estaba realmente gobernada por sus ciudadanos a través de sus representantes electos, sino por un pequeño círculo formado por tres vértices interconectados: la cúpula corporativa, el alto mando militar y la cúspide política federal. Mills argumentaba que estos tres vértices no eran independientes, sino que constituían un bloque cohesionado mediante orígenes sociales comunes, las mismas universidades de élite, los mismos clubes, los mismos consejos de administración compartidos, una circulación constante de personas entre los tres ámbitos —lo que hoy llamamos puerta giratoria— y una visión del mundo compartida que ellos vivían como sentido común y que en realidad era específica de su posición.
Por debajo de esa élite, Mills veía un nivel intermedio de poder fragmentado —parlamento, sindicatos, grupos de interés, prensa— que él consideraba decorativo más que decisivo. Y por debajo, la masa: ciudadanos atomizados, espectadores más que actores, cuya participación política real se reducía cada vez más a consumir información y emitir un voto cada cuatro años entre opciones que la élite había definido previamente.
Mills no usó la palabra agnotología —no existía aún—, pero describió la estructura que la hace necesaria. Porque una élite que toma decisiones en nombre de todos, en una sociedad formalmente democrática, se enfrenta permanentemente al mismo problema: ¿cómo seguir siendo aceptada por la mayoría? Hay dos respuestas históricas posibles. La autoritaria, que sustituye la democracia por la fuerza explícita. Y la agnotológica, mucho más estable a largo plazo: mantener intactas las formas democráticas mientras se moldea la información que llega a la ciudadanía para que las decisiones de la élite parezcan, vistas desde abajo, decisiones razonables, técnicas o inevitables.
Vistas así, las distintas operaciones del manual —tabaco, azúcar, clima, opioides, plataformas digitales— dejan de parecer abusos sectoriales independientes y se revelan como aplicaciones reiteradas de un mismo dispositivo, gestionado por una red de personas, despachos y consultoras que circulan de un sector al otro porque trabajan, en último término, para la misma estructura. Las mismas consultoras asesoran al tabaco, al azúcar y al petróleo. Los mismos despachos de abogados defienden a las farmacéuticas y a las tecnológicas. Los mismos think tanks producen informes para cualquier industria que pague. Y los mismos rostros pasan de un consejo de administración al siguiente, del ministerio a una eléctrica, del regulador a la empresa regulada.
Esta articulación tiene una virtud importante: no requiere creer en conspiraciones. No hace falta imaginar reuniones secretas ni planes maestros. Basta con reconocer que un grupo cohesionado de personas con intereses estructuralmente alineados, formados en los mismos lugares, moviéndose en los mismos círculos sociales, no necesita coordinarse explícitamente para actuar coordinadamente. Lo hace por convergencia de horizontes, no por conjura.
Y al mismo tiempo, esta articulación evita el reformismo ingenuo que suele acompañar a las denuncias agnotológicas más superficiales. Mientras solo se trate de «mejorar la regulación» o «promover el periodismo de investigación» sin tocar la estructura de poder que describe Mills, las reformas se diluyen siempre: las regulaciones se capturan, los periodistas se asfixian económicamente, los disidentes se marginan. La agnotología no es un defecto corregible de un sistema básicamente sano. Es una función necesaria del sistema tal como está organizado.
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El ecosistema occidental: una atmósfera de mentira normalizada
Si la agnotología funciona tan bien no es solo porque sus operadores sean implacables y la estructura los sostenga. Es también porque actúa dentro de un ecosistema donde la mentira se ha vuelto un componente estructural del paisaje cotidiano, no una excepción puntual.
Pensemos en cuántos circuitos de información atraviesa una persona occidental media en un día cualquiera.
El comercio descansa hace mucho sobre una distancia sistemática entre lo que se promete y lo que se entrega. Los anuncios prometen felicidad, comunidad, juventud, virilidad, libertad; el producto entrega un coche, una crema, una bebida azucarada. Nadie se sorprende ya. La publicidad miente por contrato cultural, y todos hemos aceptado tácitamente que mentirá. Esta normalización es agnotología sin nombre: el público sabe que el anuncio exagera, pero no sabe cuánto, ni en qué dirección concreta, ni qué información esencial se le está ocultando.
La política funciona en un régimen análogo. Las promesas electorales sistemáticamente incumplidas, las cifras maquilladas, los datos seleccionados, los marcos lingüísticos diseñados por equipos profesionales para evocar reacciones emocionales que sustituyen al análisis, los comunicados de prensa redactados para no decir lo que parecen decir. Nadie espera ya literalidad de un político. La mentira política ha pasado de excepción escandalosa a género reconocible con sus propias reglas.
Los medios de comunicación dependen de la publicidad de las mismas industrias a las que en teoría deberían escrutar, lo cual produce un sistema de omisiones suaves: temas que no se cubren, ángulos que no se exploran, fuentes que no se citan, conflictos de interés que no se declaran. No hace falta censura activa; basta con el filtro económico cotidiano. Y por encima de todo esto, en la última década, las fake news y la desinformación viral han añadido una capa más: contenidos diseñados expresamente para confundir, indignar, polarizar, ya no desde la industria clásica sino desde actores políticos, geopolíticos y económicos que han comprendido que en internet la verdad y la mentira viajan con el mismo coste.
A esto se suma el universo conspiranoico, que paradójicamente cumple una función dentro del mismo ecosistema. Mientras parte de la población acepta sin examen el discurso oficial, otra parte rechaza sin examen cualquier discurso oficial, creyendo que todo es un complot. Las dos posiciones se necesitan mutuamente: la credulidad acrítica y la sospecha indiscriminada son dos caras de la misma incapacidad para distinguir, caso por caso, qué es verosímil y qué no. Y ambas alimentan la fatiga epistémica que beneficia, en último término, a quienes prefieren un público desorientado a un público informado.
Y para completar el cuadro, el propio ámbito académico y científico —que en teoría debería ser el refugio del rigor— está parcialmente contaminado. Universidades dependientes de financiación industrial. Departamentos con cátedras patrocinadas por las empresas que estudian. Investigadores con conflictos de interés no declarados. Revistas científicas vinculadas a grandes conglomerados editoriales con intereses propios. Estudios que nunca llegan a publicarse porque sus resultados no convienen al patrocinador. La ciencia, históricamente la herramienta más eficaz que hemos tenido para distinguir lo verdadero de lo falso, ha sido infiltrada por las mismas dinámicas que infiltraron todo lo demás.
El resultado es un maremágnum: una persona que intenta formarse una opinión honesta sobre un tema cualquiera —qué comer, qué votar, qué medicamento tomar, qué creer sobre el clima— se encuentra rodeada de información contradictoria, todas las fuentes contaminadas en algún grado, ningún punto de apoyo claramente fiable. Esta saturación no es accidente: es el resultado acumulado de décadas de manuales de fabricación de duda funcionando en paralelo en todos los frentes, al servicio de la misma estructura de poder.
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La otra mitad de la ecuación: quienes se dejan engañar
Sería deshonesto no mencionar la otra mitad de este fenómeno. Si el ecosistema de la mentira ha llegado a ser tan grande, no es solo porque haya quienes la fabrican: es también porque hay quienes la consumen sin demasiada resistencia. Y este es el aspecto más incómodo de la conversación, porque toca directamente a cada uno de nosotros.
Hay una avidez humana, muy cotidiana, que el manual explota una y otra vez. La avidez por lo fácil, por la respuesta simple a la pregunta compleja. La avidez por la certeza, por el alivio que produce dejar de dudar. La avidez por el grupo, por sentirnos parte de los que saben, los que ven, los que han despertado. La avidez por la indignación, por la satisfacción casi corporal de tener un enemigo claro al que dirigir el descontento. La avidez por las noticias que confirman lo que ya creíamos, y la aversión refleja a las que lo cuestionan.
A esto se suma una cierta pereza mental que tampoco conviene esconder. Verificar fuentes cuesta tiempo. Leer un informe completo cuesta esfuerzo. Sostener una incertidumbre durante semanas cuesta tolerancia emocional. Aceptar que algo en lo que creíamos durante años era falso cuesta una herida narcisista que muchos preferimos evitar. Lo más cómodo es siempre quedarse con la primera versión que encaja con nuestra disposición previa.
Y hay también algo más profundo, un apego identitario. Nuestras opiniones se convierten con el tiempo en parte de quienes somos. Cuestionar una creencia que sostenemos desde hace veinte años no es revisar un dato: es desestabilizar una parte de nuestra identidad. Y eso duele. Por eso, cuando alguien nos presenta evidencia contraria a una creencia identitaria, nuestra primera reacción no es curiosidad: es defensa. Buscamos contraargumentos antes que comprensión. Recordamos el detalle que nos da la razón y olvidamos los diez que nos la quitan. Esto le ocurre al fumador, al votante, al consumidor de azúcar, al optimista climático, al pesimista climático, al espiritual y al ateo, al de izquierdas y al de derechas. Es estructura humana, no defecto de unos pocos.
Esto no exime al manipulador. Sigue siendo cualitativamente distinto el que diseña la mentira y el que la consume sin examinarla suficientemente. El primero comete una acción deliberada; el segundo, una omisión cómoda. Pero reconocer la parte que nos toca como consumidores acríticos de información es lo único que puede protegernos. Porque la única protección real contra el manual no es esperar a que las industrias se vuelvan honestas —no lo harán por sí mismas—, sino reducir individualmente esa avidez, esa pereza, ese apego, que les sirven de palanca.
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Una pregunta para navegar
Existe una pregunta sencilla, casi brutal, que ayuda a navegar buena parte de las controversias contemporáneas: si dentro de cuarenta años se desclasifican los archivos internos de esta industria, ¿qué descubriremos que sabían sus ejecutivos hoy?
La pregunta funciona porque ya hemos vivido esta historia varias veces. Sabemos lo que descubrimos sobre el tabaco. Sabemos lo que descubrimos sobre el azúcar. Sabemos lo que descubrimos sobre Exxon y el clima. Sabemos lo que descubrimos sobre los opioides, sobre el amianto, sobre el plomo. La probabilidad de que las industrias actualmente bajo escrutinio —ultraprocesados, plataformas digitales, agroquímicos, ciertos fármacos, combustibles fósiles aún— estén ejecutando el mismo manual es muy alta, casi indistinguible de la certeza. Los archivos futuros lo confirmarán.
Y conviene añadir una segunda pregunta, dirigida hacia uno mismo: ¿esta convicción que tengo, esta indignación, este rechazo, esta certeza tan cómoda… la he construido yo a partir de evidencia examinada, o la he recibido ya hecha de algún lugar que tenía interés en que la tuviera? La pregunta no garantiza nada. Tampoco genera escepticismo cínico. Solo introduce una pausa antes de la reacción automática. En esa pausa cabe el discernimiento.
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El campo de batalla decisivo
Hay una intuición que recorre toda la literatura agnotológica y que, una vez asimilada, cambia la forma de mirar el mundo: el campo de batalla decisivo de las democracias contemporáneas no es solo lo que se decide, sino lo que se nos permite o se nos induce a saber antes de decidir. Una democracia formalmente impecable puede vaciarse por completo si las opciones que se presentan a sus ciudadanos están construidas sobre una arquitectura de ignorancia diseñada por quienes se beneficiarán del resultado.
La agnotología, en ese sentido, no es solo un campo académico curioso. Es probablemente una de las herramientas cívicas más importantes de nuestro tiempo. No para volverse paranoico, sino para volverse adulto epistémicamente: capaz de reconocer, entre la avalancha cotidiana de información, las viejas trazas del manual de siempre.
Sabiendo, además, tres cosas. Primera, que existe una élite cohesionada —en el sentido que Mills describió hace casi setenta años— para la cual el manual no es un abuso ocasional sino una función necesaria del modo en que sostiene su posición en una sociedad formalmente democrática. Segunda, que quienes ejecutan ese manual no son adversarios racionales con los que se pueda dialogar de buena fe, porque las personalidades que el sistema selecciona para esos puestos son precisamente aquellas capaces de tomar decisiones contra millones de seres humanos sin pagar el coste emocional que esas decisiones tendrían para una persona ordinaria. Y tercera, que el manual funciona también porque encuentra en cada uno de nosotros una cuota de avidez, de pereza, de apego identitario que conviene reconocer y reducir, porque es la palanca sobre la que se apoya.
Mientras escribimos y leemos este texto, en alguna sala de juntas de alguna corporación cuya actividad afecta a millones de personas, alguien aplica, paso a paso, las diez fases del manual. Reconocerlo en tiempo real es lo que distingue al lector advertido del que no lo es.